PARADORES

Dormir como un emperador en Jarandilla de la Vera

El castillo que acogió a Carlos V antes de su retiro en Yuste es hoy uno de los Paradores con más historia de Extremadura. A sus muros, patios y torres se suma una comarca inesperadamente verde, marcada por Gredos, las gargantas y pueblos cargados de encanto y tradición.

Dani Mendez

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Al pensar en Extremadura, es fácil que vengan a la mente dehesas infinitas y, en los meses de verano, un sol que obliga a buscar refugio a la sombra. Pero basta visitar Jarandilla de la Vera para que esa idea se disipe. Conforme se acerca uno a la localidad, la Sierra de Gredos se impone al fondo y el paisaje se vuelve más húmedo y más verde. Hay castaños, robles, frutales, gargantas de agua fría y una temperatura media anual de 18 grados centígrados.

A Natalia Martínez Adanes, directora del Parador de Jarandilla de la Vera, le ocurrió algo parecido cuando llegó por primera vez. Es leonesa de nacimiento, pero aquí vino desde Málaga -donde fue, por cierto, la primera mujer en la historia en dirigir el Parador de Málaga Gibralfaro. “Cuando me hablaron de Jarandilla de la Vera pensé: ¿cómo será?”. Luego leyó que aquel era el lugar elegido por Carlos V para pasar sus últimos días antes de retirarse a Yuste. “Y me dije que tenía que ser un sitio interesante”. La intuición no iba desencaminada. Cuando vio el castillo, el entorno y la montaña, la sorpresa fue otra: “Yo, que soy de León, dije: madre mía, esto es la segunda Galicia”. La comparación no es una boutade. La comarca queda protegida por Gredos y eso crea un microclima que convierte la zona en un pequeño refugio. “Cuando llegas aquí ves la montaña majestuosa de la Sierra de Gredos predominando en toda la comarca, tanta vegetación… Esto es un vergel. Hay todo tipo de árboles frutales. Todo lo que plantas se da”, remata Natalia.

A pocos kilómetros aparecen zonas de castaños, pinares, arbustos de montaña, gargantas con toboganes naturales, cascadas y pueblos que conservan todavía la calma de otros tiempos. Jarandilla vive marcada por el agua de la garganta Jaranda, de la Jarandilleja y de una red de arroyos que, durante generaciones, ha alimentado los huertos extendidos junto a sus riberas y alrededor del pueblo. En ese escenario, el castillo que aloja al Parador no aparece como una postal aislada, sino como una consecuencia natural del lugar. Una fortaleza-palacio levantada al abrigo de la sierra, en una tierra que ofrecía caza, agua, huertas, sosiego y una temperatura más amable. Si Carlos V, después de gobernar medio mundo, eligió este rincón para esperar su retiro definitivo en Yuste, quizá fue también por eso.

A la recepción, ubicada a las puertas del patio central, se llega por un camino flanqueado por jardines. Frente a ellos aparece el antiguo castillo de los Condes de Oropesa, una construcción que conserva ese doble carácter de fortaleza y palacio. El acceso principal conduce al Patio de Armas, corazón del Parador. El suelo de piedra, la galería porticada y el aljibe central conforman un espacio exclusivo donde sentarse a tomar algo al abrigo de la historia. Sobre los muros, quien mire con un poco de calma irá encontrando los escudos nobiliarios que todavía quedan repartidos por la piedra. Entre ellos aparece el de los Álvarez de Toledo y Figueroa (señores del condado de Oropesa y antiguos dueños del castillo), con lanzas, yelmo y corona de conde: toda una declaración de linaje y poder. También se conservan escudos vinculados a los Monroy, al obispo Gutiérrez Vargas de Carvajal, o una sencilla cruz de la Orden de Calatrava. No hace falta saber de heráldica para sentir que esas marcas no están ahí como adorno: son firmas antiguas, restos de familias, alianzas y jerarquías que fueron dejando su nombre sobre el edificio. Tras contemplarlos y leer las cartelas explicativas instaladas en el patio, es fácil imaginar el lugar con su antiguo ritmo: caballos, criados, soldados, cartas, visitas. Hoy lo ocupan mesas, conversaciones bajas, cafés de media tarde y huéspedes que se quedan mirando hacia arriba antes de decidir por dónde seguir.

Francisco Javier Hormigo, responsable de recepción, lleva 25 años viendo esa reacción en quienes llegan. Por eso suele dar un consejo muy sencillo: “para disfrutar del Parador yo le recomendaría siempre al cliente que se meta por todos los rincones que encuentre abiertos”, cuenta. “Que descubra los salones, la terraza imperial, la zona nueva de la entrada principal, donde debajo se han rescatado restos arqueológicos. Que sea curioso”. 

El nombre de esas estancias dejan claro el pasado imperial del palacio: Salón Emperador, Salón Isabel de Portugal, Salón Juan de Austria, Terraza Galería Imperial, Mirador Felipe II… Uno pasa de la recepción al patio, del patio a los salones, de los salones a las escaleras y a los pasillos. Desde lo alto de la torre, unas espléndidas vistas de Jarandilla y alrededores. Y también de la piscina que permite refrescarse entre olivos. Un espectáculo. En un árbol cercano, una cigüeña reposa en su nido. Entre mayo y julio es habitual ver los primeros vuelos de las crías. En estas fechas, el inconfundible crotoreo que producen al entrechocar rápidamente su pico, se convierte en la banda sonora perfecta para recordar al visitante dónde se encuentra.

La historia documentada sitúa la construcción del castillo-palacio a finales del siglo XIV, ligada a los Álvarez de Toledo, condes de Oropesa. Carlos V llegó a Jarandilla el 11 de noviembre de 1556 y permaneció aquí hasta el 3 de febrero de 1557, a la espera de que terminaran las obras de su retiro en el Monasterio de Yuste. Venía cansado y enfermo. Había renunciado al poder y avanzaba hacia una vida más retirada. Francisco Javier suele contar a los huéspedes que una de las zonas más evocadoras está junto a los ventanales próximos al desayuno y la cafetería, orientados hacia la piscina y los antiguos huertos. “Ahí es donde el emperador pasaba las tardes, un poco melancólico, con ese deseo suyo de irse ya al monasterio”, explica. “Desde allí, miraba hacia el oeste, hacia poniente, donde estaba Yuste. Nos gusta transmitirlo al cliente para que sienta esa historia que tiene el castillo y que las piedras todavía guardan”.

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Tras su etapa señorial y la memoria imperial, el edificio pasó por momentos de abandono y usos muy distintos. En el siglo XX quedó vinculado a la figura de Soledad Vega Ortiz y a la fundación benéfico-docente La Soledad y San Manuel, que hizo del castillo un espacio de enseñanza y asistencia. Luego, en los años sesenta, llegó su transformación en Parador. El hotel abrió en 1966 y el viejo palacio comenzó otra vida: la de recibir viajeros.

Las recomendaciones de los que más saben...

JEFE DE RECEPCIÓN

Francisco Javier Hormigo

Trabajador en el parador de Jarandilla de la Vera

JEFE DE COMEDOR

Julián Sevilla

Trabajador en el parador de Jarandilla de la Vera

JEFA DE ADMINISTRACIÓN

María Cortés

Trabajadora en el parador de Jarandilla de la Vera

La última gran intervención, culminada con la reapertura de 2025, ha añadido una capa más a esa biografía. El edificio ha ganado accesibilidad, nueva iluminación, mejoras energéticas, habitaciones actualizadas y recorridos más claros. La renovación ha venido acompañada de un proyecto artístico en el que conviven tradición y vanguardia. Encontramos obras como un díptico de Lin Calle, que nos traslada a los parajes del Jerte a través de un diálogo entre la abstracción y la delicadeza oriental. También una delicada pieza en papel de Nacho Zubelzu sobre un tema tan presente en la Vera como la trashumancia y una escultórica pieza de gran formato realizada en fibras naturales, de Sonia Navarro, por citar algunas. Obras contemporáneas que conviven con copias de retratos de Tiziano de Carlos V e Isabel de Portugal. Un esmerado diálogo, en definitiva, entre el pasado y el presente, que respeta la esencia de este lugar legendario.

Yuste y la ruta imperial de Carlos V

Desde Jarandilla se puede seguir el camino que une el castillo de los Condes de Oropesa con el Monasterio de Yuste, el lugar en el que el emperador se retiró tras abdicar y donde pasó sus últimos meses de vida. La llamada Ruta del Emperador Carlos V atraviesa Jarandilla de la Vera, Aldeanueva de la Vera y Cuacos de Yuste. El itinerario ronda los diez kilómetros, tiene dificultad baja y puede hacerse a pie, a caballo o en bicicleta de montaña. 

El Monasterio de Yuste es la parada inevitable. Allí, junto al edificio monástico, se conserva el palacio sobrio en el que Carlos V quiso vivir apartado, aunque no del todo desconectado del mundo. Muy cerca, Cuacos de Yuste conserva el ritmo tranquilo de los pueblos veratos, con plazas, calles empedradas y casas de arquitectura popular. Para quienes prefieran un paseo más corto desde el Parador, la Ruta de los Puentes arranca prácticamente a sus puertas. Es circular, cómoda y familiar, de algo más de cinco kilómetros, y recorre caminos, gargantas y pasos de piedra que recuerdan hasta qué punto el agua ha ordenado siempre la vida de Jarandilla. Es otro modo, menos imperial y más cotidiano, de leer el territorio.

La Vera: gargantas, pueblos y agua

En La Vera, el agua y las montañas son protagonistas. La Sierra de Gredos protege la comarca y alimenta una red de gargantas, arroyos y huertos que explica buena parte de su verdor. En Jarandilla, la garganta Jaranda, la Jarandilleja y los cauces menores han regado durante generaciones las riberas y los alrededores del pueblo, dejando un paisaje fértil, fresco y muy distinto al que muchos esperan encontrar en Extremadura. Las gargantas son el gran plan al aire libre: charcas naturales, piedras pulidas, cascadas y pozas donde darse un chapuzón. 

A esa naturaleza se suman los pueblos. Jarandilla conserva el Parador como gran emblema, mientras Valverde de la Vera y Villanueva de la Vera mantienen viva la arquitectura tradicional. En Jaraíz se encuentran la sede del Consejo Regulador de la DOP Pimentón de La Vera y el Museo del Pimentón, en plena Plaza Mayor. Se convierte así en uno de los grandes escaparates de ese producto que perfuma la cocina verata.

Hoy comemos…

Jorge Jiménez Cruz nació en Jarandilla de la Vera, se marchó a Madrid y terminó regresando al pueblo. Lleva seis años al frente de la cocina del Parador. “Ya acabé saturado de Madrid, de la vorágine, del transporte público, de las dos horas para ir al trabajo y para volver”, cuenta. La vuelta no fue solo laboral. Fue casi un cambio de vida. “Aquí todo es más calmado. Tienes el trabajo a tiro de piedra, tardas dos minutos. Y luego estás en contacto con la naturaleza. Yo de pequeño me quejaba de ir a la huerta con mi padre y ahora fíjate: tengo mi finca, mi huerta, mis animales. Es otro ritmo de vida, sobre todo otro modo de vida”.

Esa vuelta al origen se nota en la carta. Mandan La Vera, Extremadura y la montaña. Hay salmorejo de cereza con nieve de queso de La Vera, patatas revolconas con panceta ibérica, croquetas de jamón, zorongollo extremeño con ventresca, migas torneras con huevo de corral y patatas fritas, jamón cien por cien ibérico de la D.O. Dehesa de Extremadura, embutidos ibéricos, quesos extremeños, arroz cremoso con Torta del Casar y presa ibérica…Platos reconocibles, sí, pero con el cuidado que exige una cocina de Parador.

“La cocina de aquí, de Jarandilla, de La Vera y de toda la zona norte de Cáceres, es sobre todo una comida muy humilde, pero con elaboración”, explica Jorge. “Aunque sea una simple ensalada de pimientos, como el zorongollo, esos pimientos primero los asamos, los pelamos, los cortamos, los aliñamos… Son platos muy tradicionales y muy humildes, pero muy elaborados”. Las migas torneras se preparan con pan del día anterior, chorizo, panceta, pimientos y patatas fritas, una variante muy verata. Las revolconas llevan patata cocida, pimentón de La Vera y panceta ibérica. 

“Mi toque personal va más en la forma de trabajar, en ser cuidadoso con el producto”, cuenta Jorge. “Aunque sea un simple pimiento o un simple tomate, siempre hay que darlo con amor. Al final se trata de acercarte a la comida de antes, a la comida de las abuelas, al guiso, a hacer las cosas con calma y con cariño”. Para terminar, la carta guarda postres de acento local y nombres que ya abren el apetito: repápalos con leche, flan de confites de Jarandilla, tarta de queso con sopa de frutillas, crema de queso con bizcocho de café y helado de cereza, sandía a la menta y lima. Y para alargar la sobremesa, un café extremeño con licor de bellota. Porque en un castillo, ya se sabe, conviene no levantarse demasiado pronto de la mesa.

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